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¿Qué podemos esperar de los mercados en 2020?

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07/02/2020
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Uno de los retos al que a diario nos enfrentamos los profesionales del asesoramiento financiero y el análisis económico es el de intentar esbozar el comportamiento futuro de la economía.

Una tarea compleja y que exige un componente de apuesta personal considerable mediante la que intentamos aventurar los futuros movimientos de los activos financieros así como la fase del ciclo económico en la que nos encontramos, pues ella nos va a condicionar la ocurrencia del siguiente.

Un ejercicio que se convierte en impostergable cada principio de año e ineludible en un momento final de ciclo económico como en el que estamos inmersos.

2020 se presenta con importantes incertidumbres geopolíticas, una epidemia global inesperada con origen chino pero consecuencias económicas aún difíciles de proyectar, crecimiento a la baja y a la espera de si los estímulos fiscales acuden en apoyo de las políticas monetarias para apuntalar la economía.  Un escenario que podrá cambiar en cualquier momento según se resuelvan los frentes políticos y monetarios, pero que si los inversores lo asumen adoptando estrategias flexibles, pueden desembocar en oportunidades interesantes en los diferentes activos.

«2020 se presenta con importantes incertidumbres geopolíticas, una epidemia global inesperada con origen chino pero consecuencias económicas aún difíciles de proyectar, crecimiento a la baja y a la espera de si los estímulos fiscales acuden en apoyo de las políticas monetarias para apuntalar la economía»

Los evidentes síntomas de agotamiento de la economía global han empujado a multitud de analistas a predecir la inminente llegada de una recesión económica generalizada que en mi opinión responde más a factores como los intereses creados, la imposibilidad de entender la complejidad de la economía, el acompañamiento del consenso general o los intentos de ganar notoriedad con vaticinios generalmente apocalípticos.

Anticipar recesiones suele ser un deporte de alto riesgo y no muy acertado. Un ejemplo: en Abril de 2008 el consenso de las principales gestoras de inversión del mundo sobre 77 países afirmaba que estos no entrarían en recesión en el siguiente año. 49 de ellos entraban en recesión en 2009.

En la primavera de 2011 tampoco se esperaba que ningún país estuviera en recesión en 2012, algo que finalmente ocurrió en 15 casos.

Y es que está claro que por muy especialista en mercados que uno sea, por muchos datos que analice y herramientas y modelos econométricos que utilice, adivinar, no adivina. Se podrá acertar más o menos, pero siempre existen un factor de imprevisibilidad y un infinito universo de condiciones que frustraran los vaticinios.

«Por muy especialista en mercados que uno sea, por muchos datos que analice y herramientas y modelos econométricos que utilice, adivinar, no adivina.»

En cualquier caso y en esto, como en casi todas las cuestiones económicas, EEUU marcará el guion económico del 2020. Sin negar su creciente debilidad, es muy improbable que la economía estadounidense caiga en recesión, al menos antes de 2021 ya que el empleo, el consumo y el sector servicios se mantienen considerablemente sólidos. Cosa que no quita caídas puntuales de Bolsas a lo largo de un año electoral en el que todas las opciones están sobre la mesa y en el que un relevo de Trump podría catapultar a unos índices americanos que ya han batido todos sus records. Elizabeth Warren, la candidata demócrata, apuesta por una agenda claramente favorable para las empresas, una política redistributiva, respetuosa con el medio ambiente y en contra de prácticas monopolistas de las grandes empresas. 

Los máximos de las bolsas mundiales (el índice MSCI está a menos del 1% de su récord de enero de 2018) invitan a ser cautelosos y muy selectivos pero también a apostar por la renta variable americana e incluso europea para quién tenga plazo y un perfil de inversión agresivo.

Con cerca del 25% de la deuda soberana y corporativa mundial ofreciendo rentabilidades por debajo de cero, la opción más evidente para sumar puntos en  la larga y peligrosa carrera de la rentabilidad es la renta variable.

Apostar por acciones de compañías de calidad inmunes al ciclo, con alta rentabilidad por dividendo, enfocadas en el sector de consumo y con baja exposición al comercio y servicios empresariales deberían darnos alegrías durante el próximo ejercicio.

En renta fija y al margen de la distorsión que suponen los tipos negativos que pueden aún generar cierta rentabilidad si la caída persiste (si bien con un ratio riesgo/beneficio poco tolerable), la opción más evidente y coincidente es la deuda de los mercados emergentes denominados en dólares. Con una selección exigente y una gestión flexible aún queda valor en renta fija. Además, el rendimiento de los bonos públicos, un buen indicador del optimismo económico, ha aumentado en las economías desarrolladas, lo que por otra parte sugiere que los bancos centrales no tendrán que esforzarse mucho para estimular el crecimiento económico.

En aras a diversificar y para un año del todo incierto apostar por otras inversiones alternativas es interesante y puede ser oportuno: oro, megatendencias, crowdlending, private equity, etc… pueden ser condimentos que descorrelacionen positivamente las clásicas carteras en porcentajes diversos de renta variable y renta fija. Cuando la visibilidad de los activos clásicos pinta bastos, destinar una parte de las carteras a estas opciones, suele ofrecer resultados positivos que compensan pérdidas puntuales o duraderas hasta que se aclaren los escenarios políticos que dirigen los mercados.

«En aras a diversificar y para un año del todo incierto apostar por otras inversiones alternativas es interesante y puede ser oportuno: oro, megatendencias, crowdlending, private equity, etc»

Personalmente creo que la sangre económica no llegará al río, que el coronavirus chino no devastará a la población terrestre – aunque pueda matizar en algunas décimas de punto el crecimiento asiático y en menor medida el global – y que tanto el Brexit como la guerra arancelaria entre China y EEUU se cerrarán positivamente con un acuerdo pactado de salida en el primer caso y con un Trump- forzado para favorecer su reelección –a suavizar sus posturas y posibilitar una salida ventajosa para ambos países.

2020 va a ser, como el resto de ejercicios económicos desde que existen registros de los mismos, un año con incógnitas conocidas que apuntan a una debilidad económica generalizada y con incógnitas desconocidas que pueden ponernos en lo peor. El consenso se divide entre positivistas que sugieren rentabilidades del 5% para la renta variable global y pesimistas que vaticinan caídas puntuales de hasta dos dígitos. Las evidencias sugieren que la desaceleración de la economía global está tocando fondo a la par que empiezan a vislumbrarse síntomas de recuperación aunque sean débiles.

El remedio como inversores para navegar por los procelosos e impredecibles mares financieros, es claro: una adecuación perfecta de nivel de riesgo asumible del todo coincidente a su perfil de inversor, un plazo de inversión conocido, una diversificación amplia en activos descorrelacionados, un seguimiento constante de sus inversiones y un asesoramiento permanente y continuado.

Como decía al inicio, el gremio de los economistas no es socio de cuota del de los videntes, gurús o profetas. Sin tener el poder de ver el futuro, pero usando el método científico para analizar temas relacionados con la gestión, distribución y creación de recursos, como máximo alcanza a atisbar tendencias futuras con las que poder brindar los mejores consejos respecto a decisiones de inversión financiera, en el principal interés de los ahorradores y seleccionando con los vehículos más eficientes y consistentes.

Con ese espíritu y objetivo, los observadores de la economía hacemos cada año este ejercicio, pero también para hacer malo aquello de que los analistas económicos somos unos expertos que diremos mañana por qué las cosas que predijimos ayer no han sucedido hoy.

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